Robe sigue vivo

Hoy estoy triste. No es solo que haya muerto un músico que admiraba: siento como si se hubiera apagado una parte de mi propia banda sonora. Me cuesta imaginar el mundo sin la posibilidad de que a Robe se le ocurriera otra frase imposible, otra imagen hermosa y torcida a la vez.

Crecimos con sus canciones como quien crece con amigos raros pero honestos. Esos que a veces no entiendes del todo, pero sabes que nunca te mienten. Robe estaba ahí en noches que no sabía quién era, en viajes interminables por carreteras feas, en habitaciones pequeñas donde la única luz era la del monitor y una letra suya sonando de fondo.

Hoy miro hacia atrás y me doy cuenta de algo: muchas de las palabras que uso para entender lo que siento las aprendí escuchándole. Nos enseñó que se podía ser frágil y cabreado, tierno y salvaje, romántico y profundamente desencantado… todo en la misma estrofa.

Sé que se ha ido, pero también sé que, mientras alguien le dé al play, no desaparece del todo. Robe sigue vivo en cada vez que alguien descubre por primera vez una canción suya y siente ese golpe en el pecho que yo sentí. Sigue vivo en los riffs mal tocados con colegas, en los gritos desafinados en un bar, en la lágrima tonta que se escapa cuando no hay nadie mirando.

Hoy escribo esto para no olvidarlo, pero también para recordarme algo a mí mismo: si él se dejó la piel en cada verso, lo mínimo que puedo hacer es vivir un poco más despierto.

Brindaré por él poniendo una de sus canciones, bien alta. Mientras suene, mientras la cantemos, Robe, de verdad, sigue vivo.